El peso de quedarse

POR NATALY

Escribe: Jose Luis Valle Riestra Padro José Ignacio maneja el camión con los hombros tensos. En el óvalo Monitor toca el claxon, insulta entre dientes a un Toyota empolvado que le cierra el paso y...

Escribe: Jose Luis Valle Riestra Padro

José Ignacio maneja el camión con los hombros tensos. En el óvalo Monitor toca el claxon, insulta entre dientes a un Toyota empolvado que le cierra el paso y vuelve a mirar los espejos. Toma una franela vieja y limpia el retrovisor con premura. Sus ojos se mueven rápidos entre motocicletas, buses y combis que se cruzan sin respetar carriles. Lleva nueve años en Lima, pero todavía maneja con la misma alerta del primer día. Nunca ha dejado de sentirse una presa en la gran jungla de cemento.

Le llaman “El Gordo”, aunque cuando llegó desde Caracas, Venezuela, pesaba setenta y cinco kilos y tenía un cuerpo atlético. Hoy ronda los ciento diez. Antes trabajó como agente de inteligencia militar para “El Pollo” Carvajal, durante el gobierno de Hugo Chávez. Después vino el deterioro. La inflación, la incertidumbre, la intuición de que el régimen de Maduro terminaría de cerrar el país y su futuro. José Ignacio se fue antes de eso. Vendió tizana en las calles de Lima, durmió poco y trabajó sirviendo mesas de diez a diez, hasta conseguir empleo como chofer de carga.

Ahora maneja un Foton TM2 para Critex S. A., una empresa distribuidora de las marcas de ropa Mommy Tiger, Call In Staein y Karl Kierkegaard. Las cajas llegan del Callao al almacén de Ate, donde se etiquetan las prendas, se colocan sensores y se preparan los pedidos para las tiendas de Lima y provincia. José transporta camisas que cuestan más de lo que gana en una semana.

Es febrero. La camiseta se pega a la espalda sudada de José. El aire acondicionado bota una brisa tibia que no sirve para mucho. Antes de entrar al almacén, El Gordo se estaciona enfrente de un carrito ambulante del óvalo Santa Anita para comprar una empanada venezolana de carne mechada, jamón y queso. Son las once de la mañana y el aceite burbujea a fuego intenso, haciendo saltar gruesas gotas sobre la masa de las frituras por preparar.

La señora que atiende tiene acento caraqueño. Cuenta que hace unos días alguien lanzó un pañal con heces desde un edificio vecino y cayó sobre el techo de su carrito.

—Seguro ha sido algún pajudo que me tiene mala sangre. Subí a buscarlo y nadie dio la cara. Ya le iba yo a dar un par de coñazos.

José escucha sin sorprenderse. Asiente mientras mastica la empanada. Historias así ya no le parecen raras.

Las ventanas del camión permanecen bajas. El sol les marca la manga del polo en la piel, dejando la clásica quemada de camionero: el antebrazo oscuro y el hombro todavía blanco. En la radio suena salsa todo el día.

—La familia de Oscar D’ León vivía a unas casas de la mía —dice José, sonriendo detrás de unos lentes oscuros comprados en Dollarcity—. Papi, todos son músicos. Beber con ellos es un vacilón.

Marla, su esposa, es quien mejor lo conoce. José le envió dinero para el pasaje seis meses después de instalarse en Lima. Ella es abogada, pero trabaja etiquetando ropa en el mismo almacén donde él carga cajas desde las seis de la mañana. Tiene ojos verdes claros y una voz suave que contrasta con la usual brusquedad de José.

Cuando termina el turno, ella lo espera en la oficina del vigilante para volver juntos a Comas. Durante el trayecto viajan medio dormidos en el colectivo, despertando a ratos por un frenazo o por el discurso repetido de alguna vendedora ambulante.

Cuando murió el padre de José, fue Marla quien recibió la llamada.

Ese sábado él había salido temprano para hacer unos trámites y regresó entrada la noche. Encontró a una prima conversando afuera de la casa.

—¿Y eso, ingrata? ¿Quién se murió?

La broma le duró unos segundos.

Su prima estalló en llanto al verlo, y Marla lo llevó aparte para contarle con voz susurrante que su padre había muerto de un paro cardíaco fulminante. El mismo hombre que le enseñó a manejar cuando tenía quince años, montados en una Land Rover, en las faldas de una pendiente pronunciada.

—Si aprendes a manejar aquí, puedes manejar en todo el mundo.

José no dijo nada. El recuerdo era ensordecedor. Pidió que lo dejaran solo y se retiró a su habitación.

Durante una hora, Carla escuchó golpes y vidrios rompiéndose detrás de la puerta. Después vino el silencio. Cuando entró, el cuarto parecía revuelto por un terremoto. José estaba sentado al pie de la cama, sin camiseta, respirando fuerte, como si tuviera un ataque de asma. Tenía los ojos hinchados y la espalda encorvada. En el dedo índice llevaba un tatuaje despintado del logo de Nike que se hizo de adolescente, en su época rebelde, cuando solía pensar que sus padres solo eran un estorbo. Ahora esa mano, desgastada por los años, temblaba espasmódicamente cuando pensaba que no había podido despedirse de quien le dio la vida.

Lloraba sin hacer ruido. Balbuceaba oraciones sin sentido.

Pidió una semana de descanso en el trabajo, pero volvió al tercer día.

—Yo me aburro en mi casa. Empiezo a dar vueltas. ¿Qué iba a hacer? Me estaba volviendo loco.

No pudo viajar al entierro porque todavía no tenía los papeles en regla y temía no poder regresar al Perú. Marla sí viajó. Acompañó a la familia, ayudó con los trámites y se quedó durante el velorio.

—No vale. Con ella hemos pasado de todo. La conozco desde los doce años. Desde carajitos. Yo fui su primer hombre.

José se levanta a las cuatro y media de la mañana para llegar al almacén antes de las siete. Los domingos tampoco duerme bien. El cuerpo lo despierta solo, movido por la rutina. A veces mira TikTok o Facebook mientras el ventilador chirría girando al pie de la cama. Hace tiempo dejó de escuchar ese ruido.

Sueña con el tráfico de Lima.

Los lunes llega antes que el jefe. Si hace falta cubrir un turno nocturno, es el primero en ofrecerse. Los sábados bebe con los muchachos del almacén y hablan del trabajo, de las cuentas, de la situación política en Venezuela y de las oportunidades. Últimamente, la conversación siempre termina igual: preguntándose si vale la pena volver.

José está cansado.

AL MÚSICO VIEJO LE QUEDA EL COMPÁS

Alberto se levantó de la cama de un sobresalto, sudando. Su difunta esposa se le había aparecido en un sueño. Llevaba el vestido de novia que usó en su matrimonio y le decía que no tuviera miedo, mientras, al pie de la cama, le acariciaba la cabeza con ternura. Alberto, conocido como El Viejo, no fue un hombre fiel, pero su Negrita, como él solía llamarla, ha sido la única mujer que ha amado.

Eran las cuatro de la madrugada. En media hora debía salir a trabajar, pero se tomó unos instantes para arrodillarse frente al altar de su sala, en el que, rodeada de imágenes de San Benito, San Martín de Porres, la Virgen de Chapi y velas a punto de consumirse, se impone en A3 la fotografía en blanco y negro de su mujer. En su plegaria, le pidió perdón nuevamente por haber tenido una vida licenciosa y cuestionable, la cual no le hizo justicia a los incondicionales cuidados de la madre de sus tres hijos. Al orar, apretaba los dientes y se le marcaban los maxilares en su rostro cobrizo, afectado por la resolana de cuarenta años al volante de un camión de carga.

De camino al trabajo, un vendedor ambulante que recientemente había dejado el penal amenazó a los pasajeros del micro.

—Al que no me dé un sol le meto un puñete.

Alberto se echó a reír al observar que nadie desembolsaba un cobre, tomado del pasamanos del colectivo que lo lleva de San Juan de Miraflores hacia Ate Vitarte.

—A ver, ahora pégales a todos —se escuchó desde los asientos del fondo.

El Viejo nunca llega tarde. Y cuando ya ha terminado su trabajo, comienza a visitar cada área para bromear con algún compañero o simplemente conversar. No tiene problema en hacer horas extras. Es bien sabido que en su casa no encuentra mucho que hacer. Cuando maneja se siente útil. Ya es una institución en la empresa, y los vendedores de las tiendas lo apodan cariñosamente como El Mesías, por llevar el pelo blanco y ser colaborador desde que la compañía estaba aún en pañales y llevaba otro nombre.

Cuando las administradoras de las tiendas a las que se lleva mercadería lo encuentran, lo saludan efusivamente. Y él nunca desaprovecha la oportunidad para insinuárseles.

—¿Cuándo te vas a ir a vivir conmigo? —dice Alberto con picardía, acercándose a su amiga.

—Ay, viejo. Ya empiezas, oye —le contesta María, la responsable de Call In Staein en Larcomar.

El Viejo se ríe a carcajadas.

Las ocasiones en las que abandona el camión son escasas. Desde que tuvo un amorío con una de las vendedoras, prohibieron que los conductores dejaran su puesto.

Aquel amorío casi le cuesta su matrimonio. Era un secreto a voces que Alberto tenía una amante diez años menor que él.

—Nunca me descubrieron hasta que fue evidente. La chibola había salido en cinta. Dormí en el sillón seis meses. ¡Qué no hicimos! En esa época Vito me dejaba llevarme la movilidad. Era una miniván roja. Si ese carro hablara, carajo. Sacábamos los asientos y, entre vendedoras y los muchachos del almacén, nos íbamos a la playa. Te estoy hablando de los ochenta. Hacíamos una mezcla de maracuyá con pisco fortísima. Las cholas decían que no tomaban. Cuentos chinos. En un dos por tres nos bajábamos los menjunjes. Ya nos veías a cada quien con su pareja, uno al lado del cerro, otro en la arena. Yo me iba al mar para que no se ganaran los sapos. A la mañana siguiente se hacían las santas, calladitas.

Así fue como el señor Alberto sacó los pies del plato e inventaba que trabajaría hasta tarde para no llegar a casa. Nunca nadie le contó a su esposa. Quien lo reprendió fue Vito, el gerente general, con quien tiene una amistad entrañable que supera lo laboral. Lo llama cuando necesita que lleve a su familia al aeropuerto o para ponerse al corriente desayunando un pan con chicharrón. Solo se han peleado en una ocasión, una discusión acalorada que no llegó a un acuerdo, por lo que Alberto presentó su renuncia. A los dos días sucedió algo inusual: el jefe lo llamó a su oficina.

—Yo nunca me disculpo con el personal, pero tú te lo mereces.

Fueron las palabras de un Vito que dejaba el orgullo de lado para reconocer a una pieza fiel en la empresa.

Alberto maneja a 80 kilómetros por hora, incluso cuando vamos por la carretera con destino al punto de venta ubicado en el Boulevard de Asia. No le ve sentido a correr. En el auto no tiene radio. Son pocas las veces en las que se anima a reproducir las canciones de Juan Gabriel en su celular, aludiendo a que no hay nadie como esa leyenda. Sin embargo, cuando le doy play a alguna que otra canción del Zambo Cavero, la entona y sigue el ritmo en el timón. Pisa el acelerador y frena de golpe el camión, repetidas veces, como si este estuviera bailando por cuenta propia. La letra reza:

Vivirás en mi alegría y mi tristeza

Reinarás en el altar del alma mía

Al partir me dejarás tus agonías

En la casa que sin ti

Quedó muy triste

Es en esos momentos cuando su mirada se torna profunda, como quien recuerda el paso de los días en los que bailaba con su Negrita.

—Es que ella era el alma de la fiesta. Si llegaba a la reunión y encontraba a la gente sentada, amenazaba con tirarles un baldazo de agua fría si no se paraban a bailar. Nunca estaba de mal humor, eso me gustó de ella desde un inicio. Y puta con mi mamá, para qué te digo, inseparables desde el primer día. Mi Negrita armaba su maleta solita y me informaba que se iba a visitarla a Arequipa para hacer compras.

Antes de laborar en Critex S. A., Alberto trabajaba conduciendo y cobrando en una combi. Su ruta era de San Juan de Miraflores a Villa El Salvador.

—Las hembras se te pegan como moscas. De verdad, oye. No sé qué tienen los microbuseros que todas las chibolas estaban detrás. Yo estrené a tres. Cero kilómetros. Después no se querían despegar de mí.

Fue después de eso que comenzó a laborar en una playa de estacionamiento, moviendo autos. Ahí conoció a Vito Cuomo, quien para ese entonces se había asociado con otros dos abogados. Importaban ropa Ymez Agent. La empresa se llamaba Crimatex. Luego la cambiaron a Critex porque se retiró de la operación uno de los asociados.

Hoy Alberto está alicaído. Le apena que el Gordo vaya a dejar el trabajo. Le ha pedido que solicite un aumento para que no se vaya. Pero el Gordo no ve rentable que tan solo le sumen cien soles a su boleta de pago. A la par, el Viejo, con setenta y tres años, ve como un escenario cercano que Vito lo llame para trabajar en la tienda del Jockey como seguridad, a modo de retiro. Para el Viejo, los años de oro ya pasaron, cuando el almacén estaba conformado solo por hombres y no existían argollas que benefician únicamente a unos pocos.

—Antes esto era el deshueve. Nos jodíamos todo el día, no tenías que callarte nada por respeto a las damas. Y todos se relacionaban con todos, no solo con los de tu área. Al jefe del almacén, Larry, nadie lo quiere, solo huevea en su computadora. No se relaciona con el personal. No es líder. Sus chacales hacen todo el trabajo por él. Así no juega Perú.

Al llegar la noche, Alberto se da una ducha larga. Habla por teléfono. Intenta prolongar la jornada. No quiere volver a soñar con su Negrita.

TARZÁN DE MACETA

Una moto lineal recorre a 100 kilómetros por hora la avenida Salaverry, zigzagueando con celeridad entre colectivos piratas, Audi Q7 SUV, Porsche Cayenne, scooters eléctricos y ambulancias. Antonio maneja como Los Dukes de Hazzard, haciendo maniobras peligrosas para llegar puntual a la cita médica pactada para su hijo Jorge (17), quien se bambolea en el asiento trasero, tomado de la parrilla de la motocicleta como si fuera un náufrago cuya única esperanza tangible fuera un pedazo de madera de una embarcación que ve hundirse.

En el Hospital Rebagliati, Jorge es atendido los martes y jueves para tratar una parálisis cerebral congénita que lo obliga a usar silla de ruedas permanentemente. Las terapias son costosas, por lo que Antonio no deja que pase un día sin que su hijo asista a ellas religiosamente.

La luz verde se torna ámbar. Jorge toma fuerte a su padre por la cintura, arrugándole la camisa que lleva bajo la casaca de cuero marrón. Antonio acelera. Por un momento, el tiempo se detiene. Parece que el semáforo va a ser gentil esta vez, que va a saber comprender los motivos que lo apremian, que Jorgito debe mejorar, que Antonio tiene que cruzar la línea peatonal esta mañana para seguir siendo un buen padre. Pero no. No esta vez. La señal de alto se enciende y, en consecuencia, Antonio frena en seco. Resbalan. A su alrededor, los peatones caminan apurados, vestidos de saco y corbata. No se inmutan, no se detienen a auxiliarlos. Una oficinista vestida con una blusa Mommy Tiger, la misma que el día anterior vio Antonio en el almacén en el que labora, le lanza una mirada altiva y pasa por arriba de él, quien en esos instantes daba un grito ahogado, agarrándose el brazo derecho.

Al tiempo que se levanta, ve a Jorge con los ojos muy abiertos, mirando hacia el cielo gris de Lima. Unas finas gotas de lluvia empañan las lunas de los lentes de Antonio. Cuando llegan al Rebagliati, pasan por urgencias en vez de detenerse en el habitáculo donde se llevaría a cabo la sesión de terapia de Jorgito. Deben enyesar el brazo roto de Antonio y curar los rasguños de su hijo.

—Por eso me compré mi Toyota Tercel, pe, chato —comenta orgulloso Toño, quien mide 1,50 m, pero se refiere a sus colegas como “chatitos”.

Él comenzó en la empresa como un colaborador en el almacén de la tienda Mommy del Jockey Plaza. Allí se hizo amigo de Alberto, conductor veterano de la compañía, quien le propuso una buena tarde sumarse al volante en la flota de camiones de carga, en cuanto se abrió una vacante.

—Yo te enseño.

—No sé, chatito.

—La vaina es fácil, compare. Tú podrías hacerlo. La plata no te sobra, ¿no? Ahí pagan mejor, huevón.

Así es que, con el paso de las semanas, al Viejo le llegaron las quejas sobre el nuevo piloto. Antonio no ingresaba por las rampas de los centros comerciales para abastecer a las tiendas, sino que mandaba a los ayudantes a que llevaran la mercadería desde el estacionamiento exterior.

—Es que no sé subir, el carro se apaga.

—¿Cómo vas a subir el carro en tercera, chato? Estás más perdido que Atahualpa en Ripley, carajo —sentenció el Viejo al caer en el error del Chato—. Se hace en primera.

Desde entonces, Antonio lleva a bordo del camión ABJ-143, con éxito, cinco años, sin faltar un día al trabajo, a no ser que se deba a una emergencia familiar. No tiene amigos, salvo su hermano, con quien habla por teléfono cada tanto, ya que se encuentra en Ayacucho, de donde es natural el Chato.

—Para mis vacaciones quisiera darme ese recorrido en moto, Chato. La pongo a punto y ya. ¿Te imaginas? La vía libre para mí solito hasta mi tierra.

Antonio domina el quechua y lo habla con fluidez, especialmente cuando lo llama su exnovia desde su natal Huanta y no quiere que los ayudantes presentes escuchen la conversación en la ruta.

Llegó a Lima cuando tenía ocho años, a invadir lo que hoy se conoce como el distrito de San Juan de Miraflores. Él veía de primera mano a su primo liderar las juntas en las que se negociaba el terreno y se hacían los planes para asentarse.

—Lo primero que hicimos fue un hueco bien grande para ahí hacer nuestras necesidades. Atrás de cada chocita había uno. Apestaba a mierda. Ahora, con la crisis del gas, yo creo que el gobierno podría hacer una planta en mi barrio. Encontraría harto GNV, ¿sí o no, Chato? —comenta Antonio entre risas, mostrando los dientes.

—Al Chato lo han chocado. Tienen que correr a darle el encuentro —se escucha desde el celular del Viejo.

Antonio había sido impactado por una Station Wagon de camino a Asia. Al reducir la velocidad en el tráfico de la carretera, el auto que venía atrás no midió la distancia y se empotró contra la parte trasera del camión.

—Debe haber estado mirando el fono —dijo el Viejo al ver de refilón el video que le llegó al celular de su ayudante, en donde aparecían los bomberos apagando el fuego proveniente del motor del auto que ocasionó el accidente.

Al llegar a la comisaría, se podía observar el camión de la empresa con un daño no menor. Las puertas del baúl no se podían abrir a causa del golpe. Por lo menos iba a estar fuera de circulación dos semanas.

En esos días, se le veía a Antonio cariacontecido, jugando con sus manos, caminando de un lado para el otro sin saber muy bien qué hacer, como alguien que espera que su familiar salga de cuidados intensivos y que el doctor de turno le dé una noticia esperanzadora.

Finalmente, le otorgaron al Chato quince días libres, el tiempo que demoraría en arreglarse el camión.

Volvió al almacén una semana después.

—Me aburro en mi casa, Chato —fue lo que contestó cuando le preguntaron por qué había vuelto tan pronto.

Lo primero que hizo ese lunes fue llamar al mecánico y preguntar por el estado de la reparación.

DESCUENTOS

Un almacén textil no se parece en nada a las oficinas de Google. No hay mesas de ping pong, pufs, áreas de esparcimiento para despejar la mente del proceso creativo ni paredes pintadas de colores vívidos que hacen del espacio de trabajo un ambiente laboral menos hostil los lunes.

Son las siete de la mañana en el almacén central a nivel nacional de las marcas Mommy Tiger, Call In Stein y Karl Kierkegaard; y, por encima del mentón, solo se pueden divisar torres de cajas color caqui sobre paletas. Es cuatro de julio, día de la independencia de Estados Unidos, y la mayoría del personal ha sido derivada a las tiendas para apoyar en la campaña que se celebra por la festividad. Los conductores y sus ayudantes deben despachar mercadería a Megaplaza, San Isidro y el Jockey para satisfacer el furor que se desata gracias a los descuentos de compra. Un silencio inusual ronda el depósito. El olor a heces de ratas provenientes de las cajas de cartón se mezcla con el bochorno del Fenómeno del Niño.

En el portón, al lado del escritorio del vigilante, el Chato se deja caer en una silla de plástico King que va apoyada de una adicional porque la de encima tiene un hueco y está a punto de romperse. Scrollea por Facebook. Bosteza. Le escribe un mensaje de texto al jefe pidiéndole dinero para echarle petróleo al camión y pagar los peajes correspondientes.

El Chamo aparece abrigado con una polera Call In Stein que le ajusta la cintura. Comenta que ya no volverá a su patria sino hasta diciembre porque el trabajo en el que lo iban a recibir ha suspendido sus actividades a causa del terremoto que remeció Caracas. Su familia nuclear no ha sufrido daños; sin embargo, tiene primos en La Guaira que aún no se han reportado.

Alberto se queja de la tardanza de su ayudante. Por otra parte, se alegra de que su compadre no deje el oficio. Le ofrece un terreno si es que desiste de su idea de partir.

Los jeans de los ayudantes y conductores están más empolvados de lo normal. La última semana han debido desocupar el almacén de muebles que se ubica en la parte posterior del parque industrial. No solo porque se debían mandar a pintar los reposteros que se llevarían a las tiendas para cumplir la demanda de la campaña, sino también debido a una orden del administrador del complejo, quien ha alquilado dicho almacén a una compañía de motores.

Maniquíes mutilados, sillas Barcelona averiadas, banners de temporadas pasadas, aparadores, colgadores y ganchos viejos fueron desechados. Se le regaló al personal cuantos bancos, espejos y mesas quisieran llevarse a casa con tal de vaciar la bodega en tiempo récord. Los fierros oxidados fueron vendidos a los cachineros del barrio, quienes pagaron 70 centavos por kilo. Sin embargo, las maderas picadas, los carteles que alguna vez fueron la cara de las tiendas y los counters inservibles no les llamaron la atención, sino que, más bien, los vieron como un gasto inútil de traslado, tomando en cuenta que se adquirían las donaciones en mal estado.

Mientras tanto, la retroexcavadora de la empresa que ocuparía el espacio hundía sus uñas en el terreno de al lado para levantar las próximas oficinas. El parque industrial crecía. Colaboradores de marcas vecinas como Amalfitana, M&G Motors, B52 y Pierre Cardin veían los avances de la obra con curiosidad y se sacudían el polvo que levantaba el paso de la maquinaria.

Los almaceneros de Critex bajaban y subían del sótano donde estaban mudando el mobiliario que aún servía. Agotados, mordían el aire viciado y terroso al levantar las alfombras que, para ser trasladadas, requerían la fuerza de diez hombres.

—Vito es un cachivachero, estos muebles han estado aquí desde que el almacén quedaba en Surco. Nunca quiere botar nada —enfatizó Herrera, el jefe del área de compostura.

Hablaba del gerente general, quien delegó elegir lo que se quedaba y lo que se iba a las encargadas del diseño visual de las tiendas.

El personal más antiguo, como Javier Herrera, veía irse una parte de su propia historia. Personas que ya no estaban más en Critex habían cargado con él los estantes que ahora se acomodaban al lado de la obra en proceso, para que, de buena fe, la retroexcavadora aplastara y facilitara el trabajo de los basureros que tendrían que continuar la depuración.

Cuando las uñas colosales de la máquina empezaron a hundirse en los muebles apolillados, el personal se paralizó. Vimos inmóviles, hipnotizados, los años pasar frente a nuestros ojos. El cómo cambian las vidas, pero los objetos nos remiten a una época inmortal: el primer auto de nuestro padre, los manteles de la casa de la abuela, el cenicero favorito del tío fumador, el skate de nuestra adolescencia, el calzoncillo de la suerte con el que conocimos a nuestra esposa, la camiseta con la que ganamos el torneo de fulbito del barrio.

Era imposible apartar la mirada. Todo el personal varonil de la empresa, que había ayudado a desalojar la bodega, veía sin hacer ni un solo ruido, sin tragar saliva, cómo se evaporaba la última conexión que tenían con días que no volverán. Días en los que fueron otros.

Mientras le da un mordisco a un pan con huevo, el Chato maneja despacio por el Rímac con destino al MegaPlaza de Independencia. En la ruta, son cientos los camiones de carga que desfilan. Transportan gas, papas, metales pesados, bidones de agua, aves de corral. Se trata de proveedores que, como nosotros, no se pueden detener.

Escribe: Jose Luis Valle Riestra Padro

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