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Claudia Chiroque: La narrativa que transforma ruido en claridad

En una televisión marcada por el vértigo de lo urgente, Claudia Chiroque periodista y conductora de Buenos días Perú, ha forjado una narrativa que no solo informa, sino que acompaña. Con temple y calidez, con precisión y humanidad, Claudia se ha convertido en una voz de confianza para millones de peruanos que inician su jornada buscando claridad en medio del ruido. Su labor, más que informar, es contener, traducir y dar sentido. Y en esa tarea cotidiana, tan intensa como silenciosa, ha encontrado una forma de ejercer el periodismo que no sacrifica ni la empatía ni el rigor.

Claridad sin adornos, humanidad sin concesiones
En un país donde la agenda cambia minuto a minuto, Claudia Chiroque ha elegido no perderse en la velocidad. Frente al caos informativo, su brújula es la responsabilidad. Como ella misma reconoce, Buenos días Perú no solo transmite hechos: gestiona emociones. La apuesta es clara —y también difícil—: ofrecer un lenguaje directo, sin ornamentos, pero que no olvide jamás que detrás de la pantalla hay personas. Ciudadanos que necesitan comprender, decidir y sentir.

Conectar con ellos implica algo más que comunicar: es un acto de escucha implícita, de sintonía emocional. En ese equilibrio entre firmeza y calidez, Claudia construye cada día una relación de confianza. Su voz no solo reporta; también acompaña.

Narrar al Perú: un ejercicio de conciencia diaria
Contar la realidad nacional, con todas sus luces y sombras, ha sido para Claudia un camino que la devuelve constantemente a su rol de ciudadana. El oficio no la ha blindado frente a la incertidumbre; por el contrario, la ha vuelto más consciente de ella. Informar no es automatizar la mirada, sino resistirse a normalizar el caos sin perder la capacidad de asombro, incluso ante lo esperanzador.

Esa doble conciencia —la de la abogada formada en el lenguaje de la ley y la de la periodista que narra desde la calle— le ha permitido habitar un lugar donde la vocación se encuentra con la ética. En tiempos de cinismo generalizado, mantenerse firme ante la injusticia no es un gesto menor. Es, quizás, la decisión más radical y necesaria.

Rigor como respeto, verdad como compromiso
En la era de la desinformación viral y los titulares vacíos, Claudia sostiene una premisa innegociable: la velocidad jamás debe reemplazar al rigor. La verificación no es solo una exigencia técnica, es un acto de respeto hacia el público. Porque informar —dice ella— no es llenar un espacio en la programación, sino ofrecer herramientas reales para enfrentar el día.

Ese respeto se convierte en un compromiso ético y emocional que estructura toda su práctica. En un país saturado de ruido, el silencio también comunica, y la precisión es una forma de cuidado. La confianza del público, ganada a pulso, no es un lujo; es el corazón mismo del oficio.

La pandemia: un antes y un después
Entre las muchas coberturas que han marcado su trayectoria, Claudia no duda en nombrar la pandemia como una de las más difíciles y transformadoras. La televisión se convirtió en un espacio de duelo colectivo, de urgencia cotidiana, de vulnerabilidad. El reto era sostener la voz mientras el miedo también tocaba a la puerta de casa. Narrar la muerte, gestionar la angustia, contener la emoción… todo mientras se informaba.

Fue ahí, quizás más que nunca, donde se evidenció su temple. La credibilidad, para ella, no se construye solo con datos, sino con presencia, con sensibilidad. Con la capacidad de ser vehículo de la noticia sin dejar de ser humana. Ese equilibrio —preciso, frágil, valiente— es el que hoy la define frente a la pantalla y detrás de ella.

Escribe: Romina Polti